
-Henry, solían llamarle. Abrió sus ojos lentamente, y quedó vislumbrado ante tanta belleza que irradiaba tal majestuoso paisaje. El clarear del sol, era distinto. No era como el de aquella, ¿Cómo le decían? Ciudad, si mal no recuerdo.
Si, era precioso el aire, los montes, y los arroyos tan puros como cristales de diamante, era algo único. No, no niego que fuera así de hermoso. Pero la paz no estaba en aquel, o aquella. La paz podía respirarse, sentirse, no anhelarse como suelen acostumbrar en las ciudades. Y no sólo la paz, sino también el silencio, que se fragmentaba con el sonido del tímido viento que acariciaba la tez de los árboles y sus bellas hojas. Todo era hermoso, como si de un sueño se tratara, un sueño del cual nada ni nadie quisiera despertar.
Y el tiempo… Recuerdo que sus accionares acaecían -bueno, o parecían acaecer- más lentos. Y vuelve a mí su recuerdo, su esencia que parecía deber ceder sin la existencia de aquellos.
¿Quién podría olvidarse? No… Nadie podría. Más aún ellos que fracasarían siquiera comenzar, más aún ellos que no lo lograrían aunque lo intentaran. Siempre algo o alguien diría o haría la clave, aquella que haría resurgir el recuerdo, la memoria. Pero no es algo que debiera tratar, ¿O no? Tal vez en otra ocasión más oportuna, por estos lares es complicado hablar, no digo que sean malos, sino que apenas si puedo enviarte un retazo de mis alas escrito con una pluma de ave blanca como las nubes.
Y tal vez me hayas visto sobrevolar el cielo, ¡Si, si! Aquella bóveda celeste que captura todos los sentidos, quien besa eternamente al inmenso horizonte. Tal vez me hayas visto y no lo recuerdes, no porque no hayas querido, sino porque tal vez me viste, pero tus ojos se perdieron en las nubes del firmamento, como la blanca espuma del mar que clama tu atención. O tal vez me habías visto y tras cerrar tus párpados y volverlos a abrir, yo; había desaparecido.
Sabes, sembré un árbol hacía mucho tiempo. Muchas personas lo habían hecho, muchos de ellos, amigos míos. Todos desde sus hogares contemplaban los pequeños brotes de las semillas que habían plantado. Y a ninguno le faltaba agua, no, no, claro que no. Ellos estaban muy atentos, les regaban todos los días, con la fresca agua del arrollo tan claro como los cristales de diamante. Pero no yo. Yo no regaba a mi brote, no. Y todos me cuestionaban. Llegaron a decirme desalmado y hasta necio e inútil. Pero poco era lo que podía hacer.
Una noche el cielo gritó furioso, y desató su cólera tras un intenso vendaval. Los árboles se desarraigaban tras el azote del temporal, se derribaban y desplomaban en la fría tierra. Todos, desde sus ventanas, miraban entre llanto cómo su esfuerzo se caía a pedazos, como los reinos de antaño al ser asediados, cuyos minaretes longevos por el tiempo se volvían polvo y volvían a su origen, volvían a su profundo letargo esperando a que la voluntad de un ser los transformara en una herramienta, un objeto útil otra vez. No así conmigo, no así con la esperanza en mi árbol. De pequeño, no solía regarlo, no. Lo obligué a arraigarse a lo más profundo de la tierra para encontrar aquél cristal de diamante tan preciado. Los vientos apenas agitaban los vástagos de aquél, que parecía un haz de luz entre tanta oscuridad. Deberías buscarlo, aún debe seguir en pie. Y deberías aprender un poco de él, hay enseñanzas en todas las cosas, aún en las malas. Y permíteme que me corrija, aún más enseñanzas podemos hallar en los obstáculos que la vida siembra en nuestros campos, porque, viéndolo desde donde yo puedo contemplarlo hoy, no son males para perjudicarnos, claro que no. Bien sobrellevados, nos fortalecen.
Pero una vez más, no estoy aquí, -A pesar de no estar física sino simbólicamente contigo- para enseñarte eso. No, por supuesto que no. No es mi misión. ¿Qué sería de la vida si alguien a quien denominan ’sabio’, te enseñase lo que ella te debiera enseñar? Es como si un alumno explicase en lugar del profesor.
Es extraño saludarte de esta forma; bueno, al menos para mí. Debes estar acostumbrado a recibir bonitas postales, así que tal vez ésta sea, para ti; una más entre las demás.
Si pudiera te enviaría una nube, o un pequeño fragmento lunar. Anhelo enviarte algún presente, pero no puedo. No puedo enviarte más que esta sencilla carta, y mis condolencias por tu difunto hermano: Mi más sentido pésame. Si deseas dejarle unas últimas palabras, puedes rezar al pié de mi árbol. Yo sé que Él te oirá, él solía estar allí. Poco tiempo antes de fallecer, pudo contemplar una irradiante belleza, un clarear del sol distinto, especial. Reza, que Él estará allí para oírte.
Debo despedirme, el precio de la tinta y la carta son difíciles de saldar… Espero las caricias del viento y el clarear del sol sequen las lágrimas de tu rostro taciturno… Atentamente.-
Secó sus lágrimas con el pañuelo que su abuela -Que en paz descanse- le había obsequiado años atrás, y, tomando sus cosas, salió de su casa con su denario. El aire era hermoso, el paisaje sereno, el cielo solemne. Pero los árboles sollozaban. Todos ellos, uno tras otro, como si un inmenso coro cantase la más funesta marcha. Pero no así un árbol que parecía refulgir en lo profundo del bosque. El brillo iridiscente bendecía a los extenuados ojos, y sosegaba al espíritu del caminante. Lo había hallado, había sido llamado. Al pie, los halos de luz descendían tenues y emanaban una suave calma, una paz arcana capaz de serenarlo todo.
“Aquí yace el difunto…” rezaba un pequeño fragmento de mármol puro. Pero el nombre, difuminado por la erosión perpetua, era ilegible.
Se arrodilló ante el árbol, inmerso en aquella luz celestial. Rezó entre lágrimas y elevó sus plegarias por su difunto hermano, quien había fenecido días atrás, descansando en su sencilla habitación de madera, iluminado por una frágil luz de velas. Lloraba por Él, lloraba por aquellos. Porque había aprendido algo el día de ayer, ¿O fue hoy? A nadie le interesa; hogaño, el tiempo aquí no es de tanta importancia.
Las lágrimas brotaron de sus ojos y resbalaron de su rostro enlutado, como si su apesumbrado espíritu hubiera sacudido los propios cimientos de su vida y su mente. Lloró por aquél. Y cada lágrima representó un buen momento compartido, como el pan de la mesa que acostumbraban compartir, en familia, en esas escarchadas noches de invierno donde una pequeña hoguera unía las ánimas del hogar. La tristeza y la realidad se tornaron una, y se fundieron en una cruel percepción, en el hecho de saber que no volvería. Pero no; por qué habría de pensarlo así. Su hermano yacía en mejores manos. Como las lágrimas en las suyas, cálidas lágrimas que cesaron al final.
Cuando abrió los ojos y su aliento se disipó en el viento, ya no estaba en el bosque, los árboles ya no sollozaban y la luz del árbol de aquél lo había cubierto todo, como un velo celestial que desgarraba las sombras. Todo era claro, todo era diferente. Si, todo era diferente… Fue cuando lentamente estrechó su mano. Lo miró a los ojos, con un brillo tembloroso, como un arrollo de cristales de diamante. Pero él era diferente de todos aquellos. Algo le faltaba a su bella imagen.
Le dijo con temple, “Bienvenido a casa”. Él lo miró sin poder contener el llanto. La carta y la tinta fueron difíciles de saldar.
- ~ ~ – + - ~ ~ -
Renamon Whisperwind
15/01/2010
“Epístola de un Ángel”

